martes, 21 de mayo de 2013

¡Jaramillo Vive!




Rubén Jaramillo: con nueve balas en el cuerpo
Ulises Martínez Flores
*
—“Con nueve balas en el cuerpo, y dos pa’ colmo en la cabeza, me cuesta 
mucho trabajo concentrarme”, piensa Rubén Jaramillo, ahí tumbado dentro 
de una barranca a unos metros de las ruinas arqueológicas de Xochicalco. 

Es el 23 de mayo de 1962; la tarde empieza a agacharse, como que se 
quiere terminar... como la vida de Jaramillo. El viejo dirigente campesino y 
guerrillero zapatista se trata de agarrar de los recuerdos para no irse del todo. 

Los primeros que le vienen a la cabeza son los más recientes: su casita de
Tlaquiltenango –a dos horas de camino de donde se encuentra 
ahora– rodeada por militares y civiles en número de 60, camiones blindados 
y jeeps militares, la ametralladora emplazada al frente de la morada... todo 
un escenario de guerra. 

Después, recuerda a uno de sus hijo s mostrando a los agresores el amparo
concedido al líder agrario después de la última amnistía, en 1958, y a su hija
Raquel logrando zafarse del cerco y salvando con ello la vida. A empellones
lo suben a los vehículos a él, a su esposa y a tres de sus hijos. 

Las balas que lleva adentro le calan como si fueran las piedras sobre las que
está tirado en esa barranca; como si las letritas de cada bala que muestran las
iniciales de la Fábrica Nacional de Municiones (la misma que pertenece al
ejército y que se encarga de fabricar la munición de toda la soldadesca) le
rasparan las entrañas. 

Con nueve balas en el cuerpo le cuesta mucho trabajo concentrarse.
En sus recuerdos, Rubén Jaramillo ahora se ve de chamaco, apenas a
los 12, 13 años, jalando parejo con los guerrilleros de Emiliano Zapata, y 
cuatro años después, en 1917*, comandando a un grupo de 75 soldados del
 Ejército Libertador del Sur pa’ mantener la resistencia revolucionaria en
contra de los carrancistas. Todavía escucha a su alrededor los ruidos de sus
asesinos, husmeando como buitres, bajo las órdenes del jefe de la policía
judicial militar, general Carlos Saulé; del jefe de la policía de Morelos,
capitán Gustavo Ortega Rojas; y del capitán José Martínez, jefe de la partida
militar que comandó directamente el pelotón de ejecución. 

Si todavía pudiera mirar no quisiera hacerlo. Sabe que a su lado muere su
Pifa, Epifanía Zúñiga, su compañera de toda la vida que guarda a su hijo
en gestación, y también sus hijos adoptivos:Enrique, Filemón y Ricardo. 
No, no quiere verlos con él en la barranca de Xochicalco. Vuelve a huir
con sus recuerdos, ahora a los tiempos del general Lázaro Cárdenas, cuando
él y su compadre Mónico Rodríguez organizaron el ingenio azucarero de
Zacatepec. Y luego las primeras traiciones, las del avilacamachismo, que
lo llevaron en 1942 a dirigir la huelga de los obreros y campesinos
azucareros y, al final, a decidir volver a levantarse en armas, como cuando
su general Zapata, pero ahora enarbolando el Plan de Cerro Prieto. 

Los recuerdos se le agolpan a Jaramillo: rememora la primera amnistía que
aceptó de los “gobiernos de la Revolución”; se ve en las campañas a
gobernador por Morelos, en la fundación del Partido Agrario Obrero
Morelense, en la lucha contra el fraude electoral; hasta los asesinatos de
jaramillistas... y de nuevo a agarrar las armas, a desempolvar el Plan de
Cerro Prieto y a sumergirse en la clandestinidad durante todo el ruizcortinismo.

Ahí, en la barranca de Xochicalco, a donde lo aventaron los que lo
ametrallaron a quemarropa, ahora le cala en la memoria el haber creído
que estaba seguro con la nueva amnistía de 1958, con el abrazo frente
a las cámaras con Adolfo López Mateos y con el amparo federal que lo
protegía de cualquier detención ordenada por autoridades judiciales y militares. 

No, si nomás lo dejaron avanzar un poquito en la organización campesina
legal, allá en los llanos de Michapa y El Guarín; nomás habían llegado a
ser seis mil los campesinos que reclamaron las tierras que desde 1922 y
1929 la Revolución les había otorgado en el papel, pero que ese 1961 habían
tenido que tomar a la brava. 

Entonces estaban creciendo; recuerda a Genaro Vázquez, un guerrerense
Aún joven que por esos tiempos se le juntó para formar el Comité
Organizador de la Central Campesina Independiente, y a otro más
chamaco aún, Lucio Cabañas, metido a la organización regional de la
misma central campesina.

Pero ahora es el 23 de mayo de 1962, Rubén Jaramillo da sus últimas
Bocanadas en una barranca de Xochicalco. Los días siguientes, la
“gran prensa” lo tachará de “siniestro personaje”, de “delincuente contumaz”,
de asesino, de asaltante y de ladrón. De las pruebas contundentes que
señalan al ejército y a la policía –al gobierno, pues– como los autores
del crimen, no se hablará; tampoco de la supuesta protección que la amnistía
de 1958 le otorgaba; ni de que semanas antes de su asesinato todavía había
buscado los cauces legales para que el viejo lema de “Tierra y libertad”
se cumpliera conforme a derecho.

Ya anochece y con nueve balas en el cuerpo le cuesta trabajo concentrarse.
Jaramillo vuelve a recordar a su general Zapata y piensa: “¿Chinameca será
Igual que Xochicalco . . . y Xochicalco será igual que Tlatelolco... y que la
sierra de Guerrero... y que Guadalupe Tepeyac... y que Acteal... y que
Aguas Blancas... y que El Charco... y que Atenco... y que las barricadas
de Oaxaca...?

¡Ah que mi general Jaramillo! De veras que las balas no lo dejan
concentrarse.
¡Ya hasta está imaginando tiempos que no le tocó vivir!

*Editor del Instituto Nacional de Estudios Históricos 
de las Revoluciones de México (INEHRM).

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Cuando ya reclaman su derecho al juego

Resulta que los sueños demandan su lugar, primero llegan como los vientitos, los airesitos que hasta nos divierten por que nos despeinan, porque nos parece gracioso que muevan las hojas secas, las ramitas y una que otra nubecita de polvo, porque son juguetones como siempre queremos ser en nuestros pueblos, donde siempre tenemos ganas de reir.

Construimos nuestra felicidad soñando, eso no quiere decir que nos la pasamos alucinando.
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